martes, 15 de octubre de 2013

CAPITULO IV primera parte




Don Fernando Corcuera del Castillo es un hombre que siempre se va a los extremos. Para él, sólo existen el blanco y el negro, la variada gama de tonos que hay entre uno y otro no figuran en su panorama; es más, ni siquiera considera el tímido gris como prospecto de algo. Si pudiéramos describirlo en dos palabras, éstas serían, sin lugar a dudas: “hipócrita” y “exagerado”. El padre de Elisa es demasiado estricto con el resto de los mortales y demasiado indulgente consigo mismo. Todos esos pecados y acciones que reprueba con tan acalorada disciplina en los demás, son los mismos, sino que peores, los que aplica a su vida con singular y oculta alegría. Delante de su familia y de la sociedad es un intachable caballero de noble cuna que cumple cabalmente con los mandamientos de la Santa Iglesia, va a misa todos los domingos y dona estratosféricas sumas de dinero a las diferentes causas altruistas que apoyan los círculos a los que su esposa acude como parte de su papel de dama de alcurnia. Ese es Don Fernando, a la luz del sol, y a la vista de todos, pero nada tiene que ver ese hombre con él que conviven los parias de los promiscuos prostíbulos  y casas clandestinas de juegos de azar que con tanta frecuencia visita el “moralista” padre de Elisa. Escudado en el anonimato que profieren los generosos sobornos con que silencia a diestra y siniestra a quienes atienden dichos tugurios, Don Fernando se siente sumamente confiado de que su doble vida no saldrá jamás al alumbramiento público, por eso no toma mayores precauciones, acude a esos lugares en cualquier momento del día, cada que siente la necesidad de escaparse de las vicisitudes de su moralista entorno cotidiano.
Ese es su talón de Aquiles, su desmesurada soberbia.
Se cree inmune, para él no hay posibilidad de ser descubierto. Cuan equivocado está. Él podrá despilfarrar los billetes que le plazca para ocultar sus canas al aire, pero siempre habrá alguien con la lengua floja y el bolsillo hambriento: unos cuantos pesos más y delata hasta la mismísima autora de sus días. Y una información así de jugosa, una vez susurrada al oído de algún ávido chismoso, no tarda en filtrarse y convertirse en un secreto a voces. El cual no es su caso, pero se le acerca mucho. Uno de los mozos de la casa de citas más popular de Guadalajara había confirmado su identidad a otro caballero de pomposo apellido, quien, al ser hermano del mismo dolor, se guardó el secreto, más no lo olvidó, nunca se sabe cuándo esa picante información puede resultar conveniente. Sin embargo, el alcohol es el mayor suelta lenguas que existe. Una noche en el Centro Turco (club de caballeros serio y respetable), unas copas más de brandy de las habituales fueron suficientes para que el secreto se le escapara. Por azares desconocidos del destino, en la mesa de junto, donde se encontraba el caballero, estaba sentado Gerald Metzger, jugando ajedrez con Warren Müller, quien en ese justo instante se había levantado a la barra a contestar un llamado telefónico de su casa, por lo que el imprudente rumor tan sólo llegó a los oídos del padre de Damián. Siendo como es, poco propenso a los cotilleos, lo dejó pasar, lo escuchó, pero no le dio mayor importancia, no era en absoluto de su incumbencia. Aunque sin saber por qué, las carrasposas palabras del ebrio caballero se le quedaron grabadas a la postre en la memoria: “Ni saben quién es un asiduo visitante del prostíbulo de Soraya, nada más ni nada menos que el ilustre Fernando Corcuera del Castillo… Tan propio y tan promiscuo al mismo tiempo”…
A pesar de que dichas palabras en su momento fueron intrascendentes para él, después de la conversación con su hijo esa mañana se tornaba valiosa, un as bajo la manga que podría significar la felicidad de Damián.

Gerald Metzger es un hombre honesto que se ha dedicado toda su vida a trabajar con ahínco para sacar a su familia adelante, lo cual ha conseguido más allá de sus expectativas. En las diferentes facetas que le toca vivir siempre se conduce con total propiedad y decencia, pero principalmente con buen juicio. Es un caballero de verdad en todo los aspectos de su vida. Un esposo amoroso, un padre ejemplar, un jefe magnánimo, un amigo fiel y un negociante escrupuloso. Jamás ha tenido que recurrir a argucias de ninguna índole para conseguir sus propósitos, sus acciones son transparentes e intachables, quien lo conoce sabe que su palabra vale lo mismo que un contrato firmado. Si él se compromete a algo, lo cumple sin chistar. En toda su vida jamás ha ensuciado su nombre con juegos sucios, pero ahora, muy a su pesar, tal vez tenga que echar mano de uno de los peores que existen: el chantaje. No es una acción para vanagloriarse, pero si la felicidad de su único hijo depende de ello, él no se tentará la conciencia, como reza el más famoso principio de Maquiavelo: “el fin justifica los medios”.

Con el ácido sabor que provoca la probabilidad de realizar una acción contraria a los principios, pero necesaria para conseguir el bienestar de un ser amado, Gerald Metzger llegó a las oficinas de Don Fernando Corcuera. No tiene intención alguna de presentarse con dicho ardid por delante, él va con el firme propósito de mantener un diálogo conciliador que converja en un acuerdo que permita la feliz unión de su hijo con la jovencita hija de Don Fernando. Se anunció con la secretaria, quien le indicó que esperara unos minutos. La cuarentona señora de rígida actitud se perdió en una elegante puerta de madera que es casi imperceptible a la vista, ya que la pared entera está forrada con el mismo detalle ebanista. En lo que esperaba, Gerald recorrió con la mirada, la lujosa sala de espera de las oficinas de los Corcuera. Decorada con extremo lujo, el espacio rezumaba ostentación por todos lados: frente al escritorio de la secretaria, dos sillones estilo barroco estaban dispuestos para que los visitantes pudieran esperar a ser atendidos. En medio de ellos resaltaba una estilizada mesita de madera con cristal biselado sobre la cual estaban prolijamente acomodados los diarios del día, tanto locales como nacionales. Gerald Metzger tomó un ejemplar y lo hojeó distraído para matar el tiempo. Pasados algunos minutos la puerta delante de él se abrió y de ella salió la misma petulante secretaria avisándole que ya podría entrar. El despacho privado de Don Fernando era aún más grande, pero decorado bajo el mismo estilo lujosamente presuntuoso que el resto del edificio. Un enorme escritorio de caoba con elaborados trabajos de ebanistería se erguía orgulloso en medio de la oficina, delante de él se encontraba el padre de Elisa, dándole la bienvenida a su inusual visita.



-Buenos días, Fernando –lo saludó Gerald Metzger, formalmente, dándole la mano y haciendo un gran esfuerzo por no denotar el desprecio que sentía hacia su interlocutor; lo que Damián le contó esa mañana aún lo tenía con un muy mal sabor de boca, su alto sentido del decoro no concebía el maltrato a la mujer, menos cuando ésta era la hija del verdugo que la golpeó-.

El padre de Elisa le respondió el apretón de manos con igual firmeza, sonriendo campechanamente. Su estado de ánimo se había mejorado muchísimo después de la temprana visita que había hecho a la casa de citas de su preferencia, el desfogue que le profirió lo dejó de buen talante.

-¿A qué debo el honor de tu visita, Gerald? –Respondió a modo de saludo- Nos hemos visto en innumerables reuniones, pero creo que la última vez que estuviste por aquí fue hace…

-Nunca antes había estado en tus oficinas, Fernando –lo interrumpió Gerald, cortesmente-.

-¿En serio? Tenía la idea de que sí, pero en fin, hombre ¿Qué te ha traído por aquí? –Inquirió con recelo- Debe ser algo muy importante para llegar tan intempestivo y sin cita previa…

Gerald Metzger notó la molestia oculta en el tono de voz cordial de Fernando Corcuera. Se había saltado el protocolo de concertar cita con su secretaria con mínimo una semana de antelación, o por lo menos anunciar su visita desde el día anterior mediante el envío de su tarjeta de presentación y una breve descripción del asunto a tratar. Pero no había tiempo para formalismos, debía enfrentar el caso cuanto antes y decidió saltarse tales etiquetas.

-Te ofrezco una disculpa por mi imprudencia, pero el asunto a tratar es demasiado imperioso para cumplir las formas acostumbradas –acotó con elegancia-.

-Debe ser algo demasiado importante, así que tienes toda mi atención –exclamó Don Fernando con curiosidad-. Toma asiento, por favor –dijo, señalando un enorme sillón color vede jade, de una pequeña sala para reuniones informales frente a su escritorio.- ¿Gustas un café o…?

-Coñac, si tienes –se adelantó Gerald, necesitaba algo fuerte-.

-¿Tan fuerte en la mañana? –exclamó don Fernando acercándose a un enorme librero de caoba oscura donde al jalar una manigueta, una puerta horizontal se deslizó hacia abajo, descubriendo un elegante y bien surtido bar. Tomó un par de copas de cristal achaparrado y ancho, sirviendo el ambarino líquido de una licorera de fina estampa- De verdad es seria la cuestión, así que te acompañaré con uno.

Don Fernando Corcuera se arrellanó en el sillón de una sola plaza acomodado en un ángulo recto perfecto al de donde se encontraba Gerald Metzger. Se inclinó hacia adelante y de una cajita de brillante madera fina labrada sacó un habano, con delicada destreza cortó la punta y acercando la llama del encendedor de plata que sostenía en la mano dio un par de aspiraciones para soltar una bocanada. Tirándose hacia atrás se cruzó de piernas, se llevó la mano a la barbilla y miró con firmeza a su inusual visitante.

-Entonces, ¿qué es eso tan importante? –Preguntó con extremo cuidado, ocultando su creciente curiosidad-.

Gerald Metzger se aclaró sonoramente la garganta, no era de los que se andan por las ramas a la hora de decir las cosas, así que sin mayor preámbulo fue directo a la importante cuestión que lo había llevado a hacer una visita tan imprudente.

-Se trata de mi hijo… y tu hija. –Espetó sin mayor rodeo-. Se conocieron en la fiesta de los Fernández del Valle…

-Así que el mercachifle ese que ultrajo a Elisa es tu hijo –masculló con un dejo de desprecio en la voz- ¿A qué vienes? ¿A defenderlo acaso?

Gerald se obligó a templarse el ánimo. No valía la pena sulfurarse por un comentario tan insulso, que de sobra sabía era con la intención de molestar, no caería en sus provocaciones, tenía un solo propósito y a ese se iba a avocar.

-No hubo tal ultraje y mi hijo no es ningún mercachifle –aclaró con autoridad-. No he venido a defender a nadie sino a que lleguemos a un acuerdo, los muchachos están enamorados y creo que nosotros…

-¡Ah, ya veo!… Deseas que unamos fuerzas para separarlos –aguzó la mirada-, siendo así cuenta con todo mi apoyo.

-Te equivocas rotundamente, Fernando –dijo con firmeza-. Mi propósito es precisamente el contrario. He venido a solicitar tu autorización para que Damián pueda visitar a tu hija y en un tiempo prudente anunciar su compromiso…

Fernando Corcuera soltó un bufido de molestia, no le agradaba el cariz de la conversación, creyó que Gerald estaría de su lado, que también encontraría descabellada dicha unión. Según él había escuchado alguna vez, los alemanes tan sólo se casan entre ellos. Con aguda mirada observó a Gerald, tal vez lo había sobreestimado y no era más que un advenedizo alemán con ansias de mezclarse con sangre de abolengo para escalar posiciones en los cerrados círculos sociales de Guadalajara.

-¿Y tus prejuicios nacionalistas dónde los dejas? –Arremetió con dureza-. Según tengo entendido, ustedes sólo se casan con mujeres alemanas ¿Por qué ahora tan flexible ante eso?

-Qué bien enterado estás de nuestras costumbres –respondió con sarcasmo-. Sólo que ignoras que no es una ley obligatoria, tan sólo una preferencia, nada te obliga a cumplirla.

Don Fernando sonrió con marcada ironía.

-Y supongo que podrás pasarla por alto ante la perspectiva de un matrimonio tan conveniente…

-Por prudencia ignoraré tu comentario tan malintencionado –sentenció benevolente Gerald, aún con esperanza de poder ser conciliador-. Si estoy interesado en esa unión, no es por los beneficios que según tú pueda traerme, sino porque me importa la felicidad de mi hijo, él y Elisa están enamorados.

-Esas son fruslerías insustanciales –resolló Don Fernando, con rabia contenida -. Sandeces que tan sólo interesan a las damas.

-¿Para ti, el amor es una nimiedad? –inquirió Gerald, circunspecto-.

-Por supuesto, el amor es un invento de los ridículos escritores, poetas y artistuchos de quinta categoría. –Expuso con voz gélida- Me sorprende que tú, Gerald, un hombre tan culto y letrado, si quiera lo considere como opción de algo.

-Para ti, ¿por qué se casa la gente? –Preguntó Gerald, ignorando el último comentario de Don Fernando-.

-Por qué más va a ser, por conveniencia –dijo sin ninguna consideración-. Mi hija se casará con quien yo decida, su matrimonio deberá procurarme algún beneficio, si no de qué me sirvió mantener una hija tantos años, algo a cambio debo obtener.

Gerald Metzger estaba sorprendido ante la falta de sentimientos del padre de Elisa, después de semejante demostración de prepotencia se percató de que tendría que coaccionarlo para que aceptara la unión de los jóvenes, precisamente lo que había tratado de evitar. Ilusamente había pensado que lograría razonar con Don Fernando y después de un intercambio de impresiones conciliarían a favor de Damián y Elisa. Cuan equivocado estaba, la intransigencia de ese hombre no conocía límites. Aún así decidió tratar una última vez, apelar a su inexistente conciencia, cabía la posibilidad que le quedara algo de ella.

-¿No crees que eso es algo muy injusto de tu parte? –espetó cuidadosamente- ¿No te preocupa acaso la felicidad de tu hija? Un matrimonio por conveniencia la haría desdichada toda su vida…

Don Fernando Corcuera se echó una sonora carcajada que estremeció a Gerald, quien lo miró con creciente desprecio… ¿Apelar a su conciencia? ¡Ese hombre no tiene!

-La felicidad de mi hija me tiene sin cuidado… y a ti tampoco debe importarte –soltó entre dientes, poniéndose de pie- Te acompaño a la puerta.

Gerald no se movió ni un centímetro. Con toda la calma del mundo señaló el asiento de donde se acababa de levantar su interlocutor, quien con notado fastidio se sentó de nuevo.

-No creo que tengamos nada más de que hablar –espetó Fernando Corcuera- Todo se ha dicho y tu visita ha sido inútil, así que no veo el caso de seguir con el tema…

-Te equivocas, Fernando –aclaró cortante-. Todavía no se ha dicho todo…

-No creo que haya algo que agregar, el tema está zanjado, Gerald –dijo tajante y se acomodó en la orilla de la silla-. Al menos, claro, que tengas intención de declamar o conversar de cursilerías baratas –se mofó con acidez-.

Gerald notó el iracundo sarcasmo y sonrió para sí, sin darse cuenta don Fernando se había enterrado solo, su nefasta actitud borró de golpe y porrazo la inmerecida consideración que Gerald Metzger le estaba teniendo. Después de ese irritante despliegue de despotismo no le había dejado otra salida más que echar mano del ardid filoso que había esperado no tener que utilizar.

-Todo depende de tu definición de cursilería, Fernando –sonrió, sardónico-. Si así llamas a tus subrepticias visitas a los antros de perdición de Guadalajara, pues sí, hablaremos de cursilerías.

El rostro de Don Fernando se desfiguró en un rictus indefinible, el color se le evaporó del rostro y su prepotencia se chocó contra el muro de su infame realidad: lo habían pillado en flagrancia. De pronto se sintió acorralado, pero aún así no bajó la guardia, asiéndose a un último recurso como si fuera una tabla de salvación, trató de responder lo más dignamente posible, la estocada de Gerald Metzger.

-Me parece buen tema –respondió con fingida compostura-. Supongo que para conocer la existencia de dichos lugares y mis asiduas visitas debes acudir continuamente a ellos, ¿cuál es tu preferido, querido amigo, Gerald? –escupió virulento-.

-Ninguno, amigo –dijo, haciendo énfasis en la última palabra-. No conozco ni sus nombres, yo sólo visito los clubes respetables, como el Centro Turco, donde, por cierto, escuché de boca de otro caballero tus andanzas por esos tugurios de mala muerte.

La fabricada sonrisa de Don Fernando Corcuera se borró de tajo. No tenía mayor argumento para rebatir, se encontraba entre la espada y la pared, tan sólo le quedaba un recurso plausible, el cual dudaba fuera fiable, pero al menos lo intentaría.

-No puedo refutar más, me has atrapado. Tú di la cantidad y yo firmo el cheque.

-Guárdate tus millones que no los necesito, Fernando –le espetó Gerald, con superioridad -. Mi silencio no tiene precio monetario… Creo que bien sabes a qué me refiero.

-Por supuesto… mi consentimiento.

-No, si inteligente sí eres, tan sólo te faltan sentimientos –acotó con dureza-. Efectivamente, eso cuesta mi silencio, tu total aceptación al noviazgo de Damián y Elisa, porque no sólo darás tu consentimiento para el matrimonio, sino que los apoyarás… Y nada de argucias para separarlos. Un paso en falso y la sociedad entera de Guadalajara se conocerá tus dudosas aficiones.

-Si no hay más remedio –zanjó Don Fernando, secamente- Así será. Les espero a la noche a ti y a tu hijo para fijar los términos.

Emitió su última frase ya de pie junto a la puerta de su despacho abierta y haciendo un ademán para indicar la salida; prácticamente estaba corriendo a Gerald Metzger, lo cual a él, lo tenía sin cuidado, había logrado su cometido. Damián y Elisa podrían iniciar una relación y prontamente un compromiso, su hijo sería feliz y esa jovencita se alejaría de las infames garras de su padre.

-Hasta la noche, Fernando…

Se despidió con mucha educación, pero sin ocultar su sonrisa. Había ganado la partida. Jaque mate al Rey, la princesa sería libre.


Unas horas más tarde, ajena al acuerdo conciliado entre su padre y el de Damián, Elisa caminaba de un lado a otro de la habitación. Sus encrespados nervios no le permitían mantenerse quieta ni por un segundo. Se jalaba uno a uno los dedos de una mano hasta tronarlos; cuando arremetía con los cinco continuaba con la otra, un movimiento inconsciente que siempre hacía cuando se encontraba ansiosa. Y es que no era para menos su visible tensión, su nana estaba hablando con su madre en ese mismo instante, solicitándole su autorización para que la joven la acompañara a hacer las compras que la misma Doña Eugenia le había encargado a la nana. No creía posible que su madre consintiera que saliera, su madre jamás contradiría las expresas órdenes de su padre, quien la había condenado a confinamiento sin tregua hasta nuevo aviso, ni siquiera había permitido que le llevaran alimento alguno. Sin embargo, motivada por la fuerza del amor, conservaba vivo ese débil rayo de esperanza que se le instaló en el corazón y el cual le mantenía el alma en un hilo mientras esperaba el resultado de las pesquisas de su nana.

No era salir de compras lo que ella ansiaba, eso tan sólo era una fachada para las verdaderas intenciones de su salida. Y, por supuesto, el nombre de Damián estaba inmerso detrás de esa coartada. En la mañana, su nana se lo había encontrado fuera de la casa, agazapado y esperando una oportunidad para hablar con ella. Gracias a la Divina Providencia nadie lo vio más que su querida nana, quien sostuvo una breve conversación con él. Damián le suplicó que lo ayudara a concertar una cita con Elisa, y la nana Chata le había dicho que las esperase a las cuatro en el Gran Salón Excélsior. Ese era el motivo real de su tormento, deseaba verlo con todas sus fuerzas, hablar con él, según había dicho tenía noticias importantes que comunicarle, que obviamente eran referente a ellos y su futuro… ¿Cómo podría estar tranquila? ¡Imposible! Hasta la mujer más ecuánime sucumbiría a un ataque de nervios ante la perspectiva de una cita a escondidas con el hombre de quien estaba enamorada. Sólo que tuviera atole en las venas tendría sosiego.

La puerta se abrió de golpe y la nana entró, cerrándola tras de sí. Elisa le estudió el rostro, buscando indicios de algo, pero estaba tan ofuscada que no fue capaz de dilucidar una respuesta coherente, la siempre transparente faz de su nana le pareció todo un misterio en ese mismo instante.

-¿Y bien? ¿Otorgó su autorización mi madre? –preguntó más ansiosa de lo que pretendía sonar-.

-Ay, mi´jita… Ya sabes que tu señora madre es un hueso muy duro de roer –declaró sin ningún tipo de emoción en la voz-.

Elisa dejó salir el aire bruscamente, ni cuenta se había dado de que lo estaba sosteniendo firmemente dentro de ella. Se dejó caer, vencida, en la orilla de la cama. Qué dura era la realidad, se había permitido soñar con una posibilidad y había sido devuelta de un tremendo zamarrazo. Ya debería estar acostumbrada, la felicidad no se había hecho para ella.

13 comentarios :

  1. pero si ya le hice un altar al hijo pues venga uno mas para el papá ...carajo si de tal palo tal astilla reverencias a Don GERALD ... así se habla .. ok ya le hecho muchas porras pero esq se las gana adora a ese señor bueno por lo menos hasta el momento jejeje me encanto q buena conversación tuvieron y asi se amedrenta jajaja
    el papá es un cabron y por eso hay q darle caza jejejejeje

    me traumas como q primera parte ... uffff q nervios con la segunda ... por favor q la dejen ir!!!!!!

    amiga una ves mas me encanta !!!! nos vemos el prox capitulo =D

    ResponderEliminar
  2. mugre viejito lo odio con odio jarocho!!!!, pero el papa de Damian muy bienn!!!... y pobre Elisa, no me digas que no la dejaran salirrrrrr!!!!!!!!!!! que nerviosssssssss!!!! ... espero con ansias locas el domingo!!!, bueno, al menos no sera hasta el siguiente miercoles jejeje, gracias Kriss por compartirnos tu historia!!!!! y por tenernos sin uñas jejejeje besossss

    ResponderEliminar
  3. Donde hay que firmar para hacerse fan del Sr. Metzger??? Definitivamente el fin justifica los medios, sobre todo si ese fin es nada mas y nada menos que la felicidad de tu hijo. Don Fernando... pues no se ni que decir, ese hombre no se merece ni ese calificativo es un ser despreciable, como puede hablar asi de la felicidad de su unica hija???
    Este capitulo ha despertado en mi sentimientos encontrados, por una parte estoy muy feliz por Gerald, por la otra muy enojada con el Sr. Corcuera.
    Una cosa es cierta de principio a fin, el capitulo es precioso, y la historia me encanta!!!!
    VAMOS POR TODO PRINCESA!!!! Al infinito y mas alla!!! Besos mil y muchas felicidades

    ResponderEliminar
  4. guauuuuu genial capitulo Kristell, como siempre! Metzger 1 Corcuera 0 jajjaa toma yaaaaaaa!! Buen punto.

    ResponderEliminar
  5. demasiado fácil para mi gusto. Dudo que su padre los deje tranquilos tan fácilmente, esperaremos al siguiente capítulo con impaciencia. Un beso guapa

    ResponderEliminar
  6. ¿Así que el respetable y honorable don Fernando Corcuera, frecuenta mujeres de moral distraída?, como tiene engañados a todos, es un lobo con piel de cordero.
    Un aplauso a Gerald, que antepone la felicidad de su hijo ante cualquier costumbre de su madre patria.

    ResponderEliminar
  7. hay Dios mi y asi porque si se acabo :( me ha encantado !!! en realidad hay hombres que no merecen el titulo de padre, pero en cambio estan los que son padres por encima de cualquier cosa. Exelente capitulo!!! te lei anoche pero estaba muerta del sueno, habia una gran probabilidad que escribiera mil disparates en mi comentario, asi que tan pronto tuve oportunidad hoy lei otra vez !!!

    Espero el proximo con ansias !!!!! Un besazo !!!!!

    ResponderEliminar
  8. Mi kris hermosaaaaaaaaa!!! :D Qué emoción... Me encanta el padre de Damián!! síii!!! Pedazo de viejo ese el padre de Elisa... Los padres crueles están saliendo a la luz últimamente!!! pero qué genial esto del capi!! Esperando la próxima parte!! :D

    ResponderEliminar
  9. Que inteligente el padre de Damian, eso es saber jugar bien, todo sea por ayudar a que Elisa y Damian estén juntos. Quien hubiera dicho que el papá de Elisa tenia una doble vida, viejo hipocrita, lo odio.
    Al menos por el momento, ya cedió y permitirá que se vean pero tengo el presentimiento que algo va a hacer para separarlos ya que no quiere que si hija sea feliz.
    Gracias por el capitulo Kristell, como siempre un gran trabajo y me alegra que ahora publicarás 2 dias.
    Ansiosa de leer el siguiente, y por cierto, me gusta mucho las palabras que utilizas para escribir, realmente es como estar en el pasado, estas en todo ;)
    Nos leemos pronto y te mando un abrazo grande.

    ResponderEliminar
  10. Quiero que ya sea miércoles!!!! Que pasara? . Cada vez mejor. Un abrazo

    ResponderEliminar
  11. uuuuu!!por Dios el viejo pa rancio!!!esto esta recién comenzando!!pero uuffff que intenso!!gracias kriss, muy linda historia!!!

    ResponderEliminar
  12. Por fin me puse al dia con tu historia amiga!!! Me encantoooo! Me he enamoradooo de Damian! Que amor de hombre.... pero no puedo con el padre de Elisa!!! Y ya por ultimo, me declaro fan numero 1 de la nana!!!! Nana forever!!! jajaja Eres muuy grande Kris! VAMOS POR TODO!!!! Mil besoos amigaa :D

    ResponderEliminar
  13. Muy buen capitulo que bueno que puso en su lugar al viejo malandrín de Don Fernando que es una macho que trata tan mal a su única hija y luego la mama que esta toda amargada pobre Elisa ni como ayudarla pero ya tendrá una nueva familia con los Metzger su papá de Damian es un amor y que bueno que busca la felicidad de su hijo eso es ser padre.
    La nana se lleva el premio mayor por dicharachera y por cuidar a Elisa como si fuera su madre y ahora tratar de ayudarla con Damian.

    Kristell felicidades!!!! tu novela pinta para ser todo un éxito al igual que un Príncipe para Emma

    ResponderEliminar